REFUGEES
- ¿Por qué no salimos? -Dijo Maga.
- Ya estamos fuera. Vivimos a la intemperie.
- ¡No digas tonterías! Hace un momento te pedí que vinieras a mi pared. Cuando me recuesto aquí, entre los almohadones, y me voy a vivir a una pared con el pensamiento volante es porque me tienes presa con tus caricias. Solo me escapo de vez en cuando para ir a buscarte canela para el té. Reconoce que es poco y que hay paredes.
- Me refería a la vida del corazón. A mí me dan golpes, el sol me quema, el frío me vuelve sobre mí mismo como una página plegada y vuelta a plegar, de vez en cuando el zumo de las naranjas me empapa y entonces huelo a huerta, cuando busco el mar mi piel se perfuma de yodo y bajo la lluvia el corazón recibe masajes de nubes, eso es cierto, pero no tengo otra casa que no sea el hueco de la palma de tu mano cuando me das de beber.
- ¿Y entonces?
- Soy un refugiado, mi amor. Mi refugio son tus caderas. El paraíso lo escondes entre los muslos y el cielo tiene color de labio para mí. Expulsado del mundo pedí asilo en tu pecho. A veces me mudo de pezón, pero siempre habito la misma casa.
- Has dicho mi mano.
- En tu mano cabe un mundo.
- ¿Mmmm?...Me apetece salir a tomar algo. Conozco un bar. Tiene mesas bajo un emparrado y podemos charlar a la sombra. Quiero que me cuentes historias.
- Sea.
Carlos y Maga cerraron la puerta tras de sí. La tarde estaba nubosa, pero aún se notaba el calor de los últimos días del verano. Carlos caminaba al lado de Maga y tenía que hacer equilibrios de trapecista para dar un paso tras de otro sin perder de vista los andares de Maga. ¡Cómo le gustaba verla caminar! Era un paso decidido y a la vez vacilante. Una contradicción, pero ¿hay algo más real que una contradicción? Maga era una contradicción, porque era real, a veces sí y a veces no, hoy aquí, mañana allí. No había manera de saber cuál sería su próximo movimiento. Carlos se dejaba llevar por el azar y de vez en cuando su mano acariciaba el trasero de Maga. "Solo para saber que eres real, lo juro, solo para eso".
- Vamos, vamos. Sé que escribes "te quiero" en los sitios más raros. He notado tus dedos sobre mis nalgas y escribías.
- No puedo hacer otra cosa. Amarte es escribirte, si no te escribo te me vas.
La ciudad iba abriéndose ante los amantes y llegaron a un plaza pavimentada de rara manera.
- Me marea mirar al suelo. ¿No te pasa lo mismo con ese dibujo tan raro de las losetas?
- No sé, pero prefiero el albero prensado y bien regado, esa es la verdad. ¿Queda lejos el bar del emparrado?
- No, no, acá a la izquierda.
Maga tomó asiento en un velador de mármol blanco y Carlos se acomodó a su lado. Una camarera con el pelo cortado casi al rape les trajo un par de gin tónics y Maga dijo:
-Bien, he logrado que salgas de tus cuatro paredes, ahora quiero que me cuentes una historia que me haga soñar.
Y Carlos pensó y pensó y pensó.... y también él acabó por decir algo:
"ÉRASE UNA VEZ..."

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