... ÉRASE UNA VEZ
Un hombre que no tenía sonrisa y te la robó. Tú luego fuiste buena (un adjetivo que no debería usarse si uno pretende estar a tono con este tiempo de cóleras) y le dejaste sonreír de prestado. Claro, así es imposible que uno acabe por escribir. Si sonríes no escribes.
. ¿Qué le pasó a ese hombre para que se diera al vicio?
- Si me das sabor de pezones tuyos te lo cuento.
-Sea -dices ajustando el pecho entre mis labios.
La cosa empezó por la sonrisa -el hombre arrebatado lo reconoce, amor-. quizá en el mismo turno llegó como si no la forma en que caminas, un sí es no es, los pies un poco entrados hacia el centro y ese trastabilleo en el que nunca acabas por derrumbarte, la cabeza siempre erguida, el pelo -lo juro- siempre en medio el aire que esparce y desordena. El caso es que fue tu cuerpo. Nada de espíritu, no hay lugar para cursilerías. Fue el cuerpo, porque la materia habla y al hombre le cuenta cuentos -como yo ahora te los cuento a ti-, fue el cuerpo que no esa alma que nadie ha visto. Fue el cuerpo, el tuyo, porque el hombre sabía leer el aire de tus caderas y el ritmo sincopado de tu caminar y el olor de tu piel cuando la roza un beso y beber el jugo de tu coño glorioso. No sabía de otros cuerpos, que tuvo, tocó, poseyó y olvidó. Nunca recordó a la mañana siguiente el sabor de un cuello mordido cuando la pasión estalla. Nunca empleó más de diez minutos en tornar al sueño del que nacía cada mañana después de acariciar a una mujer. Hasta que tú llegaste riéndote del mundo. Él -me lo ha contado, te lo juro- nunca dejó de escribir por la curva de unas piernas de mujer, pero se quedó mudo cuando recorrió la tuya con su lengua desde el talón hasta la base de tus nalgas. Oh, ¡cómo marcaba a dentelladas cada nalga, cada perfil de tu cuello, cada pezón! Y los labios, los tuyos, que dibujó aquella noche en una sala de conciertos detrás de aquella columna (es que hay que concretar, si no te me vas a ir a pensar que hablo de un espectro) mientras tú le palpabas el amor en la entrepierna. ¡Cuerpos ardiendo!. Esa es la lengua que tú y él hablabais, nativos exiliados en un idioma infame...
Ah, me atrapa el sueño ahora que tú no estás. Mañana te sigo contando de pieles en armas...
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