PROFUNDIDAD DE CAMPO
Luego del amor no quedó más remedio que volver a inventarlo -le dijo Carlos a su Maga aquella otra mañana. Y que había guardado en sus manos el aroma de Maga y el sabor de sus labios y el color dorado de su piel y el pálpito de su sexo y el eco de su voz. En aquellos tiempos le bastaba con acercar la palma de la mano a sus ojos para ver el rostro de Maga, aventarla y luego acercarla a su nariz para olisquearla como un perro que busca dueña, acariciar el aire para sentir la curva de la cintura de Maga en la yema de los dedos y el pálpito, siempre el pálpito.
Con esto vivió mientras la Maga, "su" Maga cruzaba el Ganges sobre un palo de canela... Con esto y las tazas de té y la vida nueva de las palabras que escribía cada mañana. A la tarde, Carlos pedía magia de carne y hueso mirando las olas del mar y a la noche pedía magia de carne y hueso en el fondo de un vaso de ginebra... Al amanecer volvía a escribir mirando al trasluz del té. La vida transcurría entre ecos de memoria deshilachada y el deseo desbocado que se hacía página de garabatos. Antes, Carlos vivía en un acantilado, a pique de despenarse y siempre despeñado por la falda de los montes de su Maga. Las penas se iban con un golpe de melena (a Carlos siempre le gustó hundir la cara en los cabellos de su Maga) que empujaba los labios de Carlos a mojarse de piel en el despeño...Allá corría su lengua de babel y de sombras, su boca toda y la mano firme que busca la gloria de un instante de cuerpo y fuego. Allá abajo, hacia el pie de aquella cordillera donde brillaba un monte de nieve con su cima orgullosa bajo el cielo moreno que guarda los secretos del tiempo, allá había bajado Carlos a buscar la paz, el refugio en el mismo ojo del huracán, un hogar en el círculo de nubes donde se calman las fabulosas tormentas de deseo...
- ¿Y cómo pudiste vivir sin mí todo ese tiempo? - La Maga, divertida, se puso las gafas de sol porque la deslumbraban los ojos de Carlos, que ahora reflejaban la luz del mediodía.
- Ya te lo he dicho... y si miraba las olas del mar romper sobre los roquedales, era porque así me olvidaba de que se me había acabado la canela para el té. No me gustan los melodramas y todo este tiempo tuve que tomarlo con media rodajita de limón. Pero no me gustan los melodramas, no.
Los ojos de Carlos ahora se inflamaban. A su Maga no le daba miedo renacer entre las llamas, como cada vez que volvían encontrarse junto a la mesa de la cocina...¡Ah! Sé que te conozco de algo... ¡Oh! ¿Hueles a mar? ¿Es a eso?...Quizá.
martes, 31 de julio de 2012
viernes, 27 de julio de 2012
MAGIA DE MAGA
- Magia es cuanto necesito. No la previsión de las costumbres. Ni la negación de las rupturas. Ni la abnegación de los abandonos. Ni la oscuridad de los sonámbulos. Magia.
Eso fue lo que dijo Carlos, abstraído en buscar corazones de hierba en el fondo de su taza.
La Maga miró a Carlos, un tanto sorprendida, después de haber hecho aquel viaje al tarro de la canela solo por el amor de un beso. Sentía que no era la respuesta adecuada a su gesto tierno. ¿Es que el aroma del té y la canela no merecían algo más concreto? ¿Algo así como un "te quiero" soplado por encima del humo cálido que borraba el rostro de Carlos agazapado tras su taza? ¿Es que no se iba a dar cuenta nunca de que un sorbo de ese té llevaba el calor de las manos de La Maga a los labios de Carlos y de que eso no está al alcance de cualquier Carlos que ande por ahí, sino de este puro despitado Carlos?
Así, su mirada se hizo luz entrevista y su boca moduló la música de la gran pregunta:
- ¿Magia? ¿A qué llamas magia?
Carlos, sin levantar la vista de la taza regalada de perfumes lejanos, murmuró como para sí:
- O quizá...
Dejó la taza sobre la mesa de la cocina, se levantó con calma, cruzó en una sonrisa el breve espacio que lo separaba de su Maga, acarició sus labios, desabrochó su blusa y los dedos iniciaron un viaje alrededor del pezón oscuro que, orgulloso, se erguía esperando que los labios de Carlos dibujaran la palabra magia en la base de su cuello antes de morder dulcemente allí donde se escapan los suspiros.
- El caso es que hoy me quedo sin saber qué es magia mágica para ti, amor.
Eso pudo decir la Maga, antes de olvidar que hoy no habría otra respuesta que la piel ardiendo... Ya se sabe, son las cosas del té y la canela.
- Magia es cuanto necesito. No la previsión de las costumbres. Ni la negación de las rupturas. Ni la abnegación de los abandonos. Ni la oscuridad de los sonámbulos. Magia.
Eso fue lo que dijo Carlos, abstraído en buscar corazones de hierba en el fondo de su taza.
La Maga miró a Carlos, un tanto sorprendida, después de haber hecho aquel viaje al tarro de la canela solo por el amor de un beso. Sentía que no era la respuesta adecuada a su gesto tierno. ¿Es que el aroma del té y la canela no merecían algo más concreto? ¿Algo así como un "te quiero" soplado por encima del humo cálido que borraba el rostro de Carlos agazapado tras su taza? ¿Es que no se iba a dar cuenta nunca de que un sorbo de ese té llevaba el calor de las manos de La Maga a los labios de Carlos y de que eso no está al alcance de cualquier Carlos que ande por ahí, sino de este puro despitado Carlos?
Así, su mirada se hizo luz entrevista y su boca moduló la música de la gran pregunta:
- ¿Magia? ¿A qué llamas magia?
Carlos, sin levantar la vista de la taza regalada de perfumes lejanos, murmuró como para sí:
- O quizá...
Dejó la taza sobre la mesa de la cocina, se levantó con calma, cruzó en una sonrisa el breve espacio que lo separaba de su Maga, acarició sus labios, desabrochó su blusa y los dedos iniciaron un viaje alrededor del pezón oscuro que, orgulloso, se erguía esperando que los labios de Carlos dibujaran la palabra magia en la base de su cuello antes de morder dulcemente allí donde se escapan los suspiros.
- El caso es que hoy me quedo sin saber qué es magia mágica para ti, amor.
Eso pudo decir la Maga, antes de olvidar que hoy no habría otra respuesta que la piel ardiendo... Ya se sabe, son las cosas del té y la canela.
jueves, 19 de julio de 2012
CANELA
Carlos estaba escribiendo… distraído acercó a su boca un tazón de té que había abandonado casi al borde de la mesa.
“¿Dónde estuviste todo este tiempo?”
“¡Oh, ya sabes! Fui a la India a buscar canela para el té”.
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